Mientras el Gobierno informaba que bandas criminales de Buenaventura retomarían diálogos, el grupo ‘Shottas’ cometió un secuestro

¿Paz de papel? El secuestro que pone en jaque la voluntad de los grupos criminales

La esperanza de una transición hacia la paz parece desmoronarse en los territorios. Tras los contundentes golpes de las autoridades, que lograron la captura de los máximos cabecillas de varias organizaciones criminales, el país mantenía un hilo de expectativa ante los anuncios de estas bandas sobre un supuesto interés de someterse a la justicia y frenar la violencia. Sin embargo, un nuevo caso de secuestro ha encendido las alarmas y ha dejado al descubierto que, en muchas regiones, la realidad dista mucho de los discursos conciliadores.

La «paz» que no llega a los territorios

Durante las últimas semanas, el ambiente político y social se había visto marcado por los comunicados de diversos grupos armados, quienes, al verse acorralados por la fuerza pública, lanzaron propuestas de «cese al fuego» y voluntad de diálogo. No obstante, este último hecho delictivo ha generado un rechazo unánime entre la ciudadanía y los organismos de derechos humanos, quienes cuestionan si estas estructuras realmente tienen intención de dejar las armas o si solo están utilizando la estrategia de «paz» para reorganizar sus finanzas ilegales.

Para los expertos en seguridad, el fenómeno es preocupante: la criminalidad ha aprendido a usar las banderas de la paz para ganar tiempo mientras mantienen el control sobre actividades ilícitas como la extorsión y el secuestro. «No se puede hablar de una voluntad real cuando el ciudadano de a pie sigue siendo el blanco principal de sus delitos», aseguran fuentes cercanas a la inteligencia militar.

Indignación nacional: ¿Qué sigue ahora?

El rechazo ante este nuevo plagio ha sido contundente. Sectores políticos y gremiales han exigido que cualquier acercamiento con estos grupos esté condicionado al respeto absoluto por la vida y la libertad. Por ahora, el Gobierno enfrenta el reto de mantener una postura firme que no permita que las bandas criminales jueguen a dos bandas: prometer la paz frente a las cámaras mientras persisten en el terror en los departamentos más afectados por el conflicto.

La incertidumbre se apodera nuevamente de las comunidades, que ven cómo los anuncios de desmovilización se quedan en el papel, mientras que el temor a caer en manos de estos grupos sigue siendo parte del día a día en el campo colombiano. La pelota está ahora en el tejado de las instituciones, que deberán demostrar si su política de paz es capaz de imponerse sobre el actuar delictivo de quienes, hasta hace poco, pedían una oportunidad para dejar el crimen atrás.

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